viernes, 31 de marzo de 2017

UN NUEVO MUNDO: SER PADRE, UN AMOR DE HIJO
Otro plato fuerte en mi vida ha  sido ser padre. Quiero hablaros con la mayor sinceridad, siempre desde el corazón.
El día que nació Diego, 25 de Mayo del 2002, fue un día raro. Lleno de emociones encontradas. Me explico. Salimos por la mañana dos de casa, Pilar y yo. El ginecólogo nos había citado a las 9h en el hospital para una cesárea programada. Sobre las 14,50 nació Diego, me lo pusieron en los brazos y fue un momento maravilloso y, a la vez, raro. Me quedé inmóvil, no sabía qué tenía que hacer con aquel niño que se chupaba el dedo y lloraba. Sí, lloraba y mucho. Le pusieron nada más nacer un gorrito y una manta térmica para que no perdiera calor y así me lo entregaron. Nació con unas manchitas en el bracito y el entrecejo, unos angiomas. Confieso que tardé en reaccionar, había leído tanto sobre el momento del parto, recordaba tantas y tantas anécdotas de lloros, gritos y emoción…. Y yo, allí, inmóvil, sin saber qué hacer. ¡Qué imbécil!  Xavier Buxó, el ginecólogo amigo nuestro que nos atendió durante el embarazo y el parto, me dijo: “¡Ya eres padre!”. Entonces reaccioné, abracé a Diego y se lo puse encima a Pilar, ¡qué momentazo!
Era pequeñito, más de lo que medían las ecografías, que nos hacían esperar un niño gordito, pero fue un niño más bien largo, pero no muy pesado.
Se lo llevaron para lavarlo y hacerle las pruebas  de neonatos, y nosotros nos instalamos en la habitación. Nació en el Hospital de Barcelona, en esto Pilar me dejó decidir. Fuimos por privado, o sea de pago, con los antecedentes de Pilar de su cáncer y demás, quería que estuviese lo mejor atendida posible y así fue.
A Pilar, le pusieron unos puntos  y varias grapas en la incisión que le habían hecho, y a descansar. ¡Qué valentía tienen las mujeres para ser madres! Es de admirar. Muchos de nosotros, hombres, con mucho menos, estaríamos quejándonos como si no hubiese un mañana.
Más tarde, subieron a Diego lavado y peinado, era muy guapo, tan pequeño, tan indefenso. Estábamos alucinando mirándolo, cuando de repente nos bajó a la realidad: ¡cómo lloraba, qué pulmones! ni Plácido Domingo... Ya sé que pensaréis que exagero, pero os pondré un ejemplo para que veáis lo que lloraba: las enfermeras de la nursería se lo llevaban el tiempo justo para pesarlo, lavarlo y nos lo traían enseguida  a la habitación, porque tenía a los demás recién nacidos alborotados con sus gritos. Eso sí, era el más espabilado. Al tercer día de estar en el hospital, lo tumbábamos boca abajo y mantenía la cabeza erguida perfectamente con los ojos bien abiertos, no se quería perder nada de lo que pasaba.
A raíz del nacimiento de Diego, me envolvió una mezcla de sentimientos, que no sé muy bien cómo describirla. Habíamos llegado dos, y nos marchábamos a casa tres. Ser padre es maravilloso, pero lleva implícita una serie de responsabilidades que me cayó como una especie de losa encima: mantener a la familia, saber educar al niño, etc., y padre se es para toda la vida. Sería yo capaz de llevar adelante todo eso?
Volvimos a casa después de 5 días. La familia estaba encantada. Diego es el único, sobrino y nieto por parte de mi familia.
He de reconocer que los primeros meses fueron durísimos, sobre todo por la noche. Diego no podía dormir bien, según decían los médicos su intestino estaba poco maduro y, al comer, le dolía mucho la tripita. Y lloraba y lloraba, no podíamos descansar…fue muy duro. Por lo demás, era un niño muy bueno, se reía muchísimo, era muy vivo.
Aprovechamos nuestro gusto por la música con él, le cantábamos nanas para dormir, lo tranquilizábamos con musiquilla. Yo lo bañaba cada tarde, estábamos los dos deseando que llegase la hora. Lo bañaba los primeros meses en la pica del lavabo que era muy grande. ¡Cómo le gustaba el agua, qué manera de salpicar! Pilar lo cuidaba todo el día, y ese era nuestro ratito de padre e hijo.
Pilar había trabajado hasta que se le acabó el contrato, justo cuando nació Diego. Entonces me propuso trabajar en casa cuidando de Diego y no dejarlo en ninguna guardería o implicando demasiado  a otras personas en su cuidado.Y así lo hicimos. Eso significaba que el único sueldo que entraría en casa era el mío. Vivíamos de alquiler y con un sueldo sólo teníamos el dinero justo para pasar el mes. Voy a ser más concreto. Yo cobraba 1200 euros al mes, pagábamos de alquiler 400, o sea que teníamos que pasar todo el mes con 800. Ibamos justos, no, lo siguiente.
Pero éramos muy felices. Pilar, trataba de administrar el dinero que teníamos, y aún nos daba para salir los sábados al campo o a la playa. Eso sí, nada de restaurantes, los bocatas de Pilar y el pecho para él o papillas preparadas por ella para la ocasión.
Oye, ¿por qué cuando somos padres nadie nos da un libro de instrucciones? Cuando los niños son pequeños y lloran, has de interpretar lo que les pasa: caca, pipi, hambre, fiebre, los cólicos,… Yo no sé vosotros, pero yo pasaba unos nervios que tela. Pilar, como siempre con más sentido común que yo, me tranquilizaba y me ayudaba a no alarmarme ni ponerme histérico.
Me gusta mucho recordar mi regreso cada día del trabajo, cuando él tenía pocos meses. Yo llegaba a la portería donde vivíamos, picaba en el timbre y Pilar lo sacaba a la escalera. Era un 5º sin ascensor, yo desde abajo le silbaba y él se ponía súper excitado y nervioso, esperando a verme. Cuando yo llegaba al piso, estaba esperando en el descansillo, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara y unas ganas de verme, que eso le quita el sentido al más plantado. Aunque cansado del trabajo, me tiraba al suelo para jugar con él. Me he perdido muchas cosas importantes, profesionales, partidos de fútbol interesantísimos, convenciones, etc. y a todos les decía lo mismo: quiero estar con mi familia. Así eran nuestros ratos. Mientras, Pilar aprovechaba para hacer cosas que no había podido hacer por estar al cuidado de Diego.
Un acontecimiento de los primeros meses de Diego que me marcó fue el momento de cambiarlo de habitación, más o menos a los 5 meses. ¡Qué decisión! A nosotros nos pareció lo mejor para todos, pero a Diego, rotundamente no. ¡Qué manera de llorar, qué gritos, qué pulmones! Cómo éramos padres primerizos sin ninguna experiencia, empezamos a preguntar qué hacer y nos aconsejaron el método Estivill. No sé si lo conocéis, pero yo llegué a pensar que era un método de tortura nazi. El método en cuestión  consiste en ir espaciando el momento de entrar  a ver al niño, mientras él no para de llorar. Se trata de no reaccionar según él espera con su llanto. Mi cara era un poema, cada vez lloraba más fuerte y yo quería salvarle, pero no debía; es una lucha psicológica entre los padres y el niño. Pasamos unas noches, cómo lo diría para no ser grosero…matadoras. Cuando por fin conseguíamos que se durmiera, nosotros estábamos para el arrastre.
Al final vencimos, aunque cada vez que había vacaciones o se ponía malito, después teníamos que hacerle un recordatorio.
Diego era encantador, siempre sonriendo con la boca abierta, llamando la atención de los todos, pero sin ser pesado. Empezó a andar muy pronto. Menos mal. Antes de caminar a ratos iba en un taca-taca y corría por el pasillo como Fernando Alonso. Recuerdo cómo giraba para dar la vuelta en el pasillo, era un panzón de reír.
Pilar lo acostumbró a todo, comía de todo, le gustaba todo. Jugaba, se divertía, a pesar de ser hijo único, jamás lo veíamos aburrido.
Empezó a comer solo muy pequeñito, le poníamos en una sillita cogida en la mesa y mojaba sus galletas en leche que era un primor.
Sus juguetes preferidos eran palos de madera a los que él, con su imaginación, les daba diversas utilidades. Todo le fascinaba. Pilar con paciencia le explicaba todo sobre los bichos, las plantas, ventaja de ser bióloga. Por las noches, leíamos cuentos  y rezábamos con él, ¡qué buena era esa hora de estar metidos los dos en su camita! No lo cambio por nada. Me habían hecho alguna buena oferta para cambiar de trabajo, pero en cuanto me ofrecían más dinero a cambio de viajar, lo tenía clarísimo ¡NO! Sólo iba a tener una oportunidad de ser padre, y os aseguro que la quería aprovechar al máximo.
Diego iba creciendo y siempre hacíamos muchas cosas los tres juntos. Nos lo llevábamos a todos sitios, se amoldaba perfectamente. Lo que más le gustaban eran los animales. Y esas eran nuestras excursiones. Ir a sitios bonitos, si podía ser, donde Diego viese animales. Cuando viajábamos a Francia, a él lo que más le gustaba eran los hoteles y el  Quick, una especie de Burger King, pero francés. Era una risa verlo jugar con niños franceses, sin tener ni idea del idioma, pero, cosas de niños, se entendian perfectamente.
Siempre ha sido un todo terreno.  Recuerdo otro día en Diciembre en que estábamos en la puerta de un Mercadona recogiendo alimentos para los pobres, y no nos podíamos ir, hacía frío y no teníamos comida para él. Pilar lo abrigó bien, entró en el Mercadona y ese día comió un potito frío...Él estaba con una juerga, encantado. Andaba lo que hiciera falta, sin cansarse. Cuando se caía, era más duro que el cemento, enseguida se levantaba, se sacudía y seguía.
Fue creciendo y empezó p3 en el cole. El primer día, para mí fue como ir al matadero. Se quedó llorando, no quería ir al cole sino quedarse con nosotros. Y yo, como un padre súper protector, pensaba que aquellas profesoras y el sistema eran cosa de brujas.
Fueron sonados los siguientes días, se agarraba de mi pierna y no quería soltarse, me gritaba: ¡papi, no me dejes aquí!, ¡papi, que me voy a portar bien! Yo me iba a casa como si hubiera hecho algo gravísimo! ¡Dejar a mi hijo en el cole!
Cada noche me acostaba con él en su cama y durante un buen rato leíamos a Mortadelo y Filemón, nos reíamos muchísimo. Muy pronto empezó a leer sin que nadie le enseñara, y él hacía de un personaje y yo de otro. Y un día su señorita nos llamó para decirnos que quería hablar con nosotros, fuimos con cara de preocupación y nos preguntó:¿sabéis que vuestro hijo lee letra minúscula sin que le hayamos enseñado? Respondimos que sí, en casa leía los cuentos en letra minúscula con nosotros. Ella extrañada, nos comentó que ninguno en clase leía todavía, nos encogimos de hombros y nos marchamos, no sin antes, darle las gracias. Diego ha ido siempre en algunas cuestiones muy adelantado.
Sucedió que, con 4 años, un vecino le había gastado una broma pesada con su perro, y consiguió que Diego le cogiese pánico a los perros. Decidimos entonces comprarnos uno, y después de mucho deliberar, nos decidimos por un Golden Retriever. Lo fuimos a comprar al Montseny y lo trajimos pequeñito. Diego lo bautizó con el nombre de Blinki, por el protagonista de unos dibujos animados que  le gustaban mucho. Blinki todavía está con nosotros, es uno más de la familia. Viene con nosotros a todos sitios. Con su carácter se hace querer: cómo recibe a las visitas, cómo trata a los niños que vienen, es un encanto de perro.
Diego era un niño feliz, cuando sucedió algo que no quiero pasar por alto, y que nos marcó a toda la familia. Unas semanas antes de cumplir 6 años, empezó a decir por la noche que no quería ir al colegio, nos costaba horrores que se durmiera, empezamos a notar cambios que nos preocupaban, hasta que nos enteramos de que había un niño le pegaba. Eran pequeños, tenía todavía 5 años, y un compañero suyo de clase había puesto sus ojos en él y no le dejaba en paz. Pasamos un calvario que no hemos podido olvidar. Diego sin querer ir al colegio por miedo a ese niño; la profesora, como pasa en estos casos, negándolo todo; el colegio, mudo. No sé cuántas reuniones tuvimos para tratar de que cambiase la situación. La profesora intentaba defender lo indefendible, sentíamos que el niño que protegían era el otro. Parece ser que era un niño que estaba yendo al psicólogo, y según ellos ya se estaba solucionando el tema. Pero nuestro hijo volvía a casa llorando contando que le había tirado el desayuno por la espalda, o pegado una colleja o alguna cosa más. A espaldas nuestras, la psicopedagoga del centro, en una maniobra que jamás entenderemos, hizo un interrogatorio a nuestro hijo, con esa edad, con preguntas más destinadas a culparnos a nosotros que a solucionar el problema. Monté en cólera, fui al colegio y monté un pollo importante. Ahora parecía que nosotros éramos los problemáticos.
Los colegios no quieren líos, a veces o no saben o no tienen los medios para solucionarlos, intentan taparlos, ridiculizando o frivolizando el sufrimiento del niño que lo pasa mal y de sus padres. Diego comenzó ciclo con otra profesora, y pasó dos cursos bien con ella, parecía que aquella profesora controlaba mejor la clase y el tema empezaba a solucionarse; pero al siguiente ciclo volvió a tener la misma profesora y pasamos un curso muy tenso con ella. Diego ya era más mayor y buscábamos entre los tres la manera de que no nos hiciera daño. Teníamos claro que la profesora lo hacía mal y no iba a cambiar, así que la decisión al final de ese ciclo fue cambiarlo de colegio. Mano de santo, se acabaron los problemas y las tensiones. Desde entonces mi hijo volvió a ir feliz al cole y volvió a ser un alumno brillante.
Un consejo que os doy es que estéis atentos a los signos que dan los niños. A él no se le han olvidado los episodios que he narrado, a nosotros tampoco, pero no han dejado en él ninguna secuela, gracias a Dios.
Nos cambiamos de lugar de residencia, todo era muy nuevo. Seguía siendo un niño encantador, alegre, soñador. Enseñé a mi hijo a jugar al fútbol, a montar en bici, a saltar a la comba, etc., como cualquier padre. La parte de los estudios la llevaba su madre. Yo era el de las físicas. Diego iba creciendo y nos pidió jugar al fútbol. Eso hicimos, lo apuntamos y nos sacrificamos durante dos años para que él fuera feliz haciendo lo que quería. Tenía dos días de entreno a la semana, partidos los sábados a horas intempestivas, con frío y lluvia, pero estábamos a su lado. Cada tarde iba con él a jugar al campo de fútbol, le enseñé a jugar de portero, que era lo que a él le gustaba. Aproveché mis años de portero de balonmano y de fútbol sala para pasarle mis conocimientos y dedicarle tiempo con un gusto increíble, quitándome de mis cosas, y...con cansancio al día siguiente, pero ¡bendito cansancio! Cuando le cambiaron de categoría, no le gustaba el ambiente y decidió dejar el fútbol. Respetamos su opinión…Tengo que ser sincero…¡qué alegrón! ¡Se acabaron esos madrugones los sábados!
Otro capítulo muy importante fue su comunión. Queríamos que fuese un día muy importante primero para él y segundo para todos nosotros. NO queríamos que la hiciese por sus regalos, o por su traje, o porque los demás la hacen. Siempre le hemos inculcado que las cosas hay que hacerlas de corazón, sabiendo bien lo que se hace, conforme a su edad, claro. Y así tratamos de hacerlo. Pilar le diseñó y cosió un alba blanca, sencilla y muy bonita, una cruz mediana, también sencilla, con un cordón sin oro, ni nada que estorbara ese día. La primera comunión la hizo durante una Misa para él, los familiares y los amigos. Sencillez era el lema. La preparamos a su gusto. Nos pidió leer una lectura de la Misa y,  así se hizo, a sus 9 años leyó perfectamente un fragmento de una carta de S. Pablo. Pilar y yo nos encargamos de los cantos, junto con el coro formado por amigos y compañeros de trabajo de Ken. Las canciones, muy bonitas, a todos le salieron muy bien las voces, fue una gozada.
La celebración la hicimos en casa, unas 72 personas, un pica-pica y la guitarra. Nos lo pasamos muy bien. Diego disfrutó muchísimo de sus abuelos, yayos, tíos y primos y de todos sus amigos y de los nuestros. El pastel lo había hecho Pilar decorado con pasta de azúcar, era espectacular,  y a Diego le encantó.
La cruz que llevaba la guardamos y, ese mismo verano, fuimos a Lisieux a llevarla a Sta. Teresita para darle gracias por todo. Era la tercera vez que viajábamos allí: de novios para pedir su intercesión, de casados con el ramo de novia, y ahora con la cruz de la comunión de Diego. Alguna más tenemos pensada para el futuro.
Desde entonces ya han pasado casi 6 años. ¡Qué rápido pasa el tiempo! He tenido que seguir aprendiendo a ser padre. Me vais a entender todos los que tenéis hijos. Van creciendo, ya no son niños, tampoco adolescentes, ni adultos, pero ellos se sienten mayores. En fin, una continua adaptación mutua. Nunca ha sido demasiado problemático, como todos, con sus defectos y virtudes. Siempre hemos preferido razonar las cosas con el. En asuntos económicas siempre le hemos educado en la moderación. Cuando todos en su clase tenían la playstation, el no. La compramos de segunda mano cuando ya no era tan novedosa y la economía familiar se lo pudo permitir. No tenía móvil, ahora con casi 15 años, comparte el móvil conmigo. Cuando realmente lo necesita, se lo lleva. Si no, lo tenemos en casa. Os puedo asegurar que no es racanería nuestra. Es que con un sueldo hoy en día no se pueden hacer milagros y porque nuestra manera de vivir siempre ha sido esta, moderación, vivir con lo necesario, con sencillez. Si  conocéis a Diego es un chaval feliz. Sin muchas de las cosas materiales que tienen amigos y compañeros suyos. A cambio, intentamos darle otras, por ejemplo, tiempo para estar juntos (sí, aun siendo un adolescente de 15 años, seguimos haciendo cantidad de cosas juntos). Una de sus mayores ilusiones era visitar lugares que salían en su juego preferido de la PlayStation: Call Of Duty, ambientado en la II guerra mundial. Dicho y hecho. Pilar montó una ruta siguiendo el juego: fuimos con él a  Normandía a las playas del desembarco, a Pointe- du-Hoc, Saint-Mère- Eglise, etc. Estaba súper emocionado, y nosotros también viendo su entusiasmo y su ilusión cuando hablaba, explicándonos cosas en los museos, en el cementerio americano que tanto nos impresionó. Dejadme que os explique una de tantas cosas que vimos. Había una familia con un señor muy mayor poniendo flores en una de las miles de tumbas que hay de soldados que murieron en el desembarco. Pocas veces he sentido un silencio así, por la edad del señor  debía un excombatiente. Los tres estábamos en shock. Los paisajes normandos son maravillosos, todo verde, bosques impresionantes. Dormíamos en una casita muy bonita, con burros, gallinas etc. en medio de la campiña francesa, de película. Comíamos de bocata o de mercados de la región, cosas muy ricas y sencillas: pan, queso, fruta, paté...
Veis lo que os quiero transmitir. A Diego le encantó, no tiene lo último en tecnología, no tiene lo último en ropa o en calzado; pero hemos procurado que tenga cosas que creemos que le van a enriquecer toda su vida: conocer gente nueva, otras costumbres, otra gastronomía, apreciar lo sencillo, la naturaleza,...Me gusta aprender a vivir sin que las cosas me aten: poder prescindir de todo lo material, que es eso, material; y cambiarlo por cosas que se toquen o no, “alimentan” el espíritu: una flor, una fruta fresca, una buena comida, un trago de aquel vino, o de aquel agua, un rato de oración sincera, un abrazo, observar un amanecer o atardecer, darse a los demás, etc. Eso es lo que intentamos transmitir a nuestro hijo. Yo voy aprendiendo a ser padre así. No quiero dar una lección a nadie, cada uno conoce su realidad y toma sus decisiones.
No nos pide dinero nunca. Hace tiempo quisimos darle un dinerillo para que aprendiese a gestionarse, pero al final nos dijo que él iba ahorrando de los que le daban en sus cumpleaños y que  sólo nos pediría si necesitaba algo. Hablamos muchísimo los tres, es un chaval muy consciente de todo. No siempre estamos de acuerdo, así que intentamos llegar a un punto común.
Otra cosa que hago a menudo es pedirle perdón cuando me equivoco. No me duele en prendas reconocer que le he regañado porque yo tenía un mal día. Automáticamente le pido perdón, le doy un beso y un abrazo. Sí, yo pido perdón a mi hijo. Soy imperfecto como padre y si meto la pata, creo que es de justicia reconocerlo. ¿Qué hace él? también tiene días y momentos malos, y él también, sin dejar pasar mucho tiempo, viene y nos pide perdón con un beso y un abrazo. Es lo que ve en el día a día. No somos una familia modélica, cometemos muchos errores, discutimos, nos enfadamos, la cagamos. Pero tenemos una cosa muy buena, nos queremos mucho. Y eso, amigo, eso es lo más importante. Tratamos de solucionar nuestras cosas, a veces con nuestros criterios, otras usando los consejos de otros, pidiendo siempre a Dios la luz para saber qué hacer.

Este verano quiso aprender a tocar la guitarra. Prometo que aunque yo la toque y su madre también, nunca le incitamos a ello. Cuando lo pidió, le dejé una guitarra vieja mía y con ella aprendió. Una vez más, como cuando era más pequeño, he estado a su lado enseñándole; pero, como siempre, el “alumno” se lo ha currado, lo ha conseguido por sus propios medios. Ante un esfuerzo así , no queda otra que premiar su determinación: “Ya sabes tocar, ya puedes tener tu propia guitarra”, regalada por la familia para el día de Reyes. Una guitarra que espero le dé muchas alegrías. Ahora nos ponemos a tocar los tres y disfrutamos muchísimo. ¡Es una gozada!

Espero, haber podido transmitir lo que quería:
Que ser padre, aunque me hace sentir una responsabilidad que a veces me supera, es lo mejor que me ha pasado, después de conocer a Pilar.
Que ser padre es una aventura maravillosa.
Que tengo una gran mujer que, mientras aprende a ser madre, me ayuda a ser padre.
Y que tenemos un hijo maravilloso, imperfecto, pero yo creo que muy feliz. Un hijo que aún es muy jóven, pero quién sabe si, dentro de unos años, y si Dios quiere, el mismo os cuente cómo me va como padre.

Un besazo a ese grandullón de casi 15 años, del que estoy y estamos tan orgullosos: Diego.